-_Sasha_-
Bovino adolescente
- Desde
- 28 Ene 2016
- Mensajes
- 61
- Tema Autor
- #1
Hacía bastante tiempo que no escribía en el foro, pero he vuelto para dejar un poco de mis fantasías de "chica" con pene.
Sus manos grandes tomaban mi cadera como quien se aferra a un bulto de cemento; sin el mínimo cuidado, propio de alguien que solo piensa en su placer egoísta. Puedo notar su barriga peluda haciendo contacto y contrastando con lo delicado de mi piel y depilada. Su pecho sudado cobija mi espalda, al mismo tiempo que siento su aliento caliente que, entre jadeos, me dice al oído:
—Esto es lo que buscabas, ¿verdad, puta rogona?
Sentía mis rodillas magullarse con el peso de su cuerpo y el vaivén propio del acto. Estoy atrapada, no solo por su peso o por sus manos que me aprisionan con fuerza, prensándome como una fruta a la que se le quiere sacar el jugo. Sí, así me siento; que estoy siendo exprimida. Regalando mi jugo a un viejo vulgar y sin el mínimo de modales que no sabe el tipo de fruta exótica que soy. Sí, estoy atrapada justamente porque no pude contener mis impulsos. Terminé regalándome a un garañón que no sabe la diferencia entre degustar y beber a tragos grandes hasta embriagarse. Me toma por la cintura y me arroja sobre la cama como un bulto de heno sobre un pesebre, sin delicadeza o cuidado alguno, simplemente para ser devorada rápido y calmar el hambre. Enseguida se tira de espaldas como un vago sobre una acera y, de la manera más desobligada, me indica que suba encima. Paso una pierna por encima mientras voy bajando por ese pecho peludo cubierto de sudor, dando besos sobre una humedad caliente y salada, para enseguida sentir un tirón en el cabello que me hace levantar la cara para acto seguido recibir una bofetada y volver a replantear la pregunta:
—¿Por esto viniste, rogona pendeja?
Siento la mejilla pulsando, caliente. Estoy despeinada y me están tomando del cabello. Me siento fea, desarreglada, vulnerable; mientras unos ojos animales me miran directo, haciéndome sentir regañada. Mis ojos se comienzan a llenar de lágrimas ante tan inesperada reprimenda.
Él me analiza, con sus ojos de bestia que tiene a su presa sin escapatoria y muestra una sonrisa cínica, mientras con una mano vuelve a tirar de mi cabello y con la otra me sujeta de la mandíbula.
Entonces tira de mí directo hacia su cara, solo para en cuanto me tiene de frente darme un beso indecoroso, al mismo tiempo invade su lengua larga mi boca, casi hasta llegar a mi garganta. Luego de separar nuestras caras, un largo hilo de saliva queda colgando de nuestras bocas, como un puente que deja en evidencia lo que nos une. Mis lágrimas al fin resbalan por mis mejillas sonrojadas y calientes luego de esa muestra de afecto brusco. Tomo un largo suspiro, llenando mis pulmones de ese aire impregnado de lujuria luego de ese beso privativo.
Estoy mirándolo a los ojos, se ve totalmente transformado; ya no es ese hombre dulce y carismático, ahora es un animal que ha cedido a sus instintos tanto tiempo contenidos. Se dibuja una sonrisa maliciosa en sus labios, mientras me mira con detenimiento, sudada, despeinada, insegura de mi apariencia y vulnerable. Sus manos aún siguen en su mismo lugar, sujetando mi cabello y la otra mi mandíbula, mientras comienza a subir el pulgar directo hacia mi boca, pasándolo por mis labios y entonces giro un poco la cara para chuparlo.
—Eres una puta.
Me quedo mirándolo fijamente como reprochándole y, sin que me lo espere, me jala del cabello a la vez que la otra mano pasa de mi cara a mi espalda, apretándome contra él y me lleva violentamente del cabello que sujeta en mi nuca hasta que mi oído queda rozando sus labios.
—No has contestado la pregunta, perra.
Lo dice de manera autoritaria mientras me estira del cabello y va dando besos por mi mejilla hasta llegar a mi boca, manteniéndome de lado y sacando su larga lengua para lamerla por fuera.
Entonces me toma del cuello, me empuja hacia arriba y, ya que queda mi cara a una altura en la que me puede ver bien, vuelve a abofetearme. Me le quedo mirando, vuelve a hacerlo, pero ahora se queda mirando, como esperando. No alcanzo a responder nada cuando vuelve a hacerlo, una y otra vez, pero ahora sin detenerse, hasta que caigo en cuenta de que debo contestar o seguirá.
Trato de voltearme para poder tener oportunidad de hablar y, de manera impaciente, respondo:
—¡Ya, ya! ¡Sí, sí…!
—¿Sí qué, pendeja?
—Sí vine a esto.
—¿A qué viniste?
Me mira con unos ojos amenazantes a la vez que jala con fuerza mi cabello, dejando mi cabeza hacia atrás y amenazándome con darme otra cachetada.
—S, sí, vine a que me cogieras, a que me cogieras…
digo tartamudeando al mismo tiempo que se me quiebra la voz y los ojos se vuelven a llenar de lágrimas.
—Eres una puta.
Me dice con una sonrisa de oreja a oreja, como si al final se diera cuenta de que he comprendido algo que me había costado trabajo entender.
Me le quedo mirando como niña regañada y comienzan a rodar otra vez las lágrimas, al mismo tiempo que en mi visión puedo ver que mi pestaña derecha se está despegando y obstruye mi visión.
Siento mi cara caliente, mojada, desarreglada; probablemente esté roja y tenga el maquillaje corrido. Tengo la nariz congestionada y las lágrimas me salen solas. Quiero tapar mi cara con las manos, pero me sujeta fuertemente de la muñeca. Con la otra mano solo tapo mi boca y nariz, me volteo hacia un lado y trato de ocultar mi cara, me siento fea.
Sujeta mi otra muñeca y trata, me jala hacia él diciendo con una voz muy dulce:
—No te tapes, mamacita, te ves preciosa…
Me dice mientras me llena de besos, y aunque al principio me resistía un poco por sentirme fea y por las emociones encontradas, fui cediendo, dejándome llenar de besos húmedos y caricias entre jadeos.
—Mi princesa, mi amor, mi cielo…
Siento su rabo pulsando entre mis nalgas. Está completamente erecto, húmedo, pegajoso y muy caliente. Trato de moverme un poco para que la punta quede en la puerta de mi agujerito. Me vuelve a levantar del cabello y cuello para mirarme a los ojos.
—Eres una puta, ¿verdad?
Apenas trato de articular palabra cuando siento que me está empalando en su verga y solo me salen gemidos.
Me da una cachetada y me jala del cabello como cuando están reprimiendo a una mascota a la que le habían enseñado algo y vuelve a hacer las cosas mal.
—Sí, soy una puta, papi, soy una puta…
digo entre gemidos mientras siento que su rabo erecto está abriéndose camino entre mi carne húmeda. Tengo mis manos en su pecho peludo, estoy acariciándolo, jugando con sus vellos, con sus pezones, sintiendo el aroma a macho que despide su cuerpo y mirando su cara. Su boca, que tanto me gusta y la que suele darme placer o dolor bien dosificado, según se le ocurra.
Lo estoy viendo como solo una mujer enamorada ve a su hombre, admirando sus rasgos toscos que lo hacen tan masculino, sintiendo cariño y atracción de ese macho vergudo.
—Voltéate, puta, quiero ver cómo te la tragas.
Suelta de repente, sin dejarme bajar poco a poco de la nube, sino que lo hace de sopetón, como quien no se toca el corazón y quiere la inmediatez de sus caprichos cumpliéndose.
Me doy la vuelta sin pensarlo mucho, pero con la sensación de sentirme usada, pero a la vez sin oponer resistencia mientras apunta directamente en mi cuevita del amor y comienzo a bajar.
—Qué rico te la tragas, mamacita, así te quería ver, empalada en mi garrote.
Estoy subiendo y bajando despacio, hasta que mis nalgas sienten sus vellos púbicos rebeldes pegarse en mi humedad y cosquillear.
—Qué rico me la pelas, mamacita, déjame ver tu culo.
—¡Nooooo!
—¡No te pregunté!
Me da una nalgada y me pone sujeta de mis manos, poniendo una en cada nalga para que las abra, mientras él me va subiendo y haciendo despacio hasta que siento cómo ese rabo gordo sale y comienzo a chorrear líquido lubricante de mi túnel abierto.
—Te ves preciosa con el ojete bien abierto, pendeja, ¿a eso fue a lo que viniste?
—Sí.
—¿A qué viniste?
—A que me dieras verga.
—¿No te da vergüenza que te vea el culo bien floreado, pinche puta?
—Sí, papi, ya métemela.
—Eres una puta, apenas te la saqué y ya la quieres adentro otra vez.
—Ya, papi, dame verga.
—Así me gustas, puta rogona.
Después de admirar unos instantes más su obra, como buen artista, me dio la vuelta levantando mis piernas, presionando en los muslos de forma que mi culito quedaba totalmente expuesto y, como un buen torero, se preparaba para dar la estocada.
—Pélate la verga, papi, pélate la verga… chíngate mi culito…
suplicaba mientras se tomaba su tiempo y metía y sacaba despacio, cada vez aumentando un poco la velocidad, hasta que era evidente que estaba a punto de terminar.
—A esto vine, papi, a esto vine… a que me dieras verga… a que te saques los mecos… échamelos en el culo, vente en mi culo, papi…
—Me vengo, me vengo…
Se clavó bien profundo, abriendo mucho más mi cavidad, al grado que sentía estar al máximo. Pude sentir sus pulsaciones y cómo derramaba su néctar en mi flor abierta. Lo tenía estremeciéndose, palpitando, llenándome cada rincón mientras temblaba vulnerable.
Se quedó abrazado entre mis piernas y mis manos acariciaban su trasero peludo y sudado, mientras le susurraba al oído:
sí, esto es lo que buscaba.
Sus manos grandes tomaban mi cadera como quien se aferra a un bulto de cemento; sin el mínimo cuidado, propio de alguien que solo piensa en su placer egoísta. Puedo notar su barriga peluda haciendo contacto y contrastando con lo delicado de mi piel y depilada. Su pecho sudado cobija mi espalda, al mismo tiempo que siento su aliento caliente que, entre jadeos, me dice al oído:
—Esto es lo que buscabas, ¿verdad, puta rogona?
Sentía mis rodillas magullarse con el peso de su cuerpo y el vaivén propio del acto. Estoy atrapada, no solo por su peso o por sus manos que me aprisionan con fuerza, prensándome como una fruta a la que se le quiere sacar el jugo. Sí, así me siento; que estoy siendo exprimida. Regalando mi jugo a un viejo vulgar y sin el mínimo de modales que no sabe el tipo de fruta exótica que soy. Sí, estoy atrapada justamente porque no pude contener mis impulsos. Terminé regalándome a un garañón que no sabe la diferencia entre degustar y beber a tragos grandes hasta embriagarse. Me toma por la cintura y me arroja sobre la cama como un bulto de heno sobre un pesebre, sin delicadeza o cuidado alguno, simplemente para ser devorada rápido y calmar el hambre. Enseguida se tira de espaldas como un vago sobre una acera y, de la manera más desobligada, me indica que suba encima. Paso una pierna por encima mientras voy bajando por ese pecho peludo cubierto de sudor, dando besos sobre una humedad caliente y salada, para enseguida sentir un tirón en el cabello que me hace levantar la cara para acto seguido recibir una bofetada y volver a replantear la pregunta:
—¿Por esto viniste, rogona pendeja?
Siento la mejilla pulsando, caliente. Estoy despeinada y me están tomando del cabello. Me siento fea, desarreglada, vulnerable; mientras unos ojos animales me miran directo, haciéndome sentir regañada. Mis ojos se comienzan a llenar de lágrimas ante tan inesperada reprimenda.
Él me analiza, con sus ojos de bestia que tiene a su presa sin escapatoria y muestra una sonrisa cínica, mientras con una mano vuelve a tirar de mi cabello y con la otra me sujeta de la mandíbula.
Entonces tira de mí directo hacia su cara, solo para en cuanto me tiene de frente darme un beso indecoroso, al mismo tiempo invade su lengua larga mi boca, casi hasta llegar a mi garganta. Luego de separar nuestras caras, un largo hilo de saliva queda colgando de nuestras bocas, como un puente que deja en evidencia lo que nos une. Mis lágrimas al fin resbalan por mis mejillas sonrojadas y calientes luego de esa muestra de afecto brusco. Tomo un largo suspiro, llenando mis pulmones de ese aire impregnado de lujuria luego de ese beso privativo.
Estoy mirándolo a los ojos, se ve totalmente transformado; ya no es ese hombre dulce y carismático, ahora es un animal que ha cedido a sus instintos tanto tiempo contenidos. Se dibuja una sonrisa maliciosa en sus labios, mientras me mira con detenimiento, sudada, despeinada, insegura de mi apariencia y vulnerable. Sus manos aún siguen en su mismo lugar, sujetando mi cabello y la otra mi mandíbula, mientras comienza a subir el pulgar directo hacia mi boca, pasándolo por mis labios y entonces giro un poco la cara para chuparlo.
—Eres una puta.
Me quedo mirándolo fijamente como reprochándole y, sin que me lo espere, me jala del cabello a la vez que la otra mano pasa de mi cara a mi espalda, apretándome contra él y me lleva violentamente del cabello que sujeta en mi nuca hasta que mi oído queda rozando sus labios.
—No has contestado la pregunta, perra.
Lo dice de manera autoritaria mientras me estira del cabello y va dando besos por mi mejilla hasta llegar a mi boca, manteniéndome de lado y sacando su larga lengua para lamerla por fuera.
Entonces me toma del cuello, me empuja hacia arriba y, ya que queda mi cara a una altura en la que me puede ver bien, vuelve a abofetearme. Me le quedo mirando, vuelve a hacerlo, pero ahora se queda mirando, como esperando. No alcanzo a responder nada cuando vuelve a hacerlo, una y otra vez, pero ahora sin detenerse, hasta que caigo en cuenta de que debo contestar o seguirá.
Trato de voltearme para poder tener oportunidad de hablar y, de manera impaciente, respondo:
—¡Ya, ya! ¡Sí, sí…!
—¿Sí qué, pendeja?
—Sí vine a esto.
—¿A qué viniste?
Me mira con unos ojos amenazantes a la vez que jala con fuerza mi cabello, dejando mi cabeza hacia atrás y amenazándome con darme otra cachetada.
—S, sí, vine a que me cogieras, a que me cogieras…
digo tartamudeando al mismo tiempo que se me quiebra la voz y los ojos se vuelven a llenar de lágrimas.
—Eres una puta.
Me dice con una sonrisa de oreja a oreja, como si al final se diera cuenta de que he comprendido algo que me había costado trabajo entender.
Me le quedo mirando como niña regañada y comienzan a rodar otra vez las lágrimas, al mismo tiempo que en mi visión puedo ver que mi pestaña derecha se está despegando y obstruye mi visión.
Siento mi cara caliente, mojada, desarreglada; probablemente esté roja y tenga el maquillaje corrido. Tengo la nariz congestionada y las lágrimas me salen solas. Quiero tapar mi cara con las manos, pero me sujeta fuertemente de la muñeca. Con la otra mano solo tapo mi boca y nariz, me volteo hacia un lado y trato de ocultar mi cara, me siento fea.
Sujeta mi otra muñeca y trata, me jala hacia él diciendo con una voz muy dulce:
—No te tapes, mamacita, te ves preciosa…
Me dice mientras me llena de besos, y aunque al principio me resistía un poco por sentirme fea y por las emociones encontradas, fui cediendo, dejándome llenar de besos húmedos y caricias entre jadeos.
—Mi princesa, mi amor, mi cielo…
Siento su rabo pulsando entre mis nalgas. Está completamente erecto, húmedo, pegajoso y muy caliente. Trato de moverme un poco para que la punta quede en la puerta de mi agujerito. Me vuelve a levantar del cabello y cuello para mirarme a los ojos.
—Eres una puta, ¿verdad?
Apenas trato de articular palabra cuando siento que me está empalando en su verga y solo me salen gemidos.
Me da una cachetada y me jala del cabello como cuando están reprimiendo a una mascota a la que le habían enseñado algo y vuelve a hacer las cosas mal.
—Sí, soy una puta, papi, soy una puta…
digo entre gemidos mientras siento que su rabo erecto está abriéndose camino entre mi carne húmeda. Tengo mis manos en su pecho peludo, estoy acariciándolo, jugando con sus vellos, con sus pezones, sintiendo el aroma a macho que despide su cuerpo y mirando su cara. Su boca, que tanto me gusta y la que suele darme placer o dolor bien dosificado, según se le ocurra.
Lo estoy viendo como solo una mujer enamorada ve a su hombre, admirando sus rasgos toscos que lo hacen tan masculino, sintiendo cariño y atracción de ese macho vergudo.
—Voltéate, puta, quiero ver cómo te la tragas.
Suelta de repente, sin dejarme bajar poco a poco de la nube, sino que lo hace de sopetón, como quien no se toca el corazón y quiere la inmediatez de sus caprichos cumpliéndose.
Me doy la vuelta sin pensarlo mucho, pero con la sensación de sentirme usada, pero a la vez sin oponer resistencia mientras apunta directamente en mi cuevita del amor y comienzo a bajar.
—Qué rico te la tragas, mamacita, así te quería ver, empalada en mi garrote.
Estoy subiendo y bajando despacio, hasta que mis nalgas sienten sus vellos púbicos rebeldes pegarse en mi humedad y cosquillear.
—Qué rico me la pelas, mamacita, déjame ver tu culo.
—¡Nooooo!
—¡No te pregunté!
Me da una nalgada y me pone sujeta de mis manos, poniendo una en cada nalga para que las abra, mientras él me va subiendo y haciendo despacio hasta que siento cómo ese rabo gordo sale y comienzo a chorrear líquido lubricante de mi túnel abierto.
—Te ves preciosa con el ojete bien abierto, pendeja, ¿a eso fue a lo que viniste?
—Sí.
—¿A qué viniste?
—A que me dieras verga.
—¿No te da vergüenza que te vea el culo bien floreado, pinche puta?
—Sí, papi, ya métemela.
—Eres una puta, apenas te la saqué y ya la quieres adentro otra vez.
—Ya, papi, dame verga.
—Así me gustas, puta rogona.
Después de admirar unos instantes más su obra, como buen artista, me dio la vuelta levantando mis piernas, presionando en los muslos de forma que mi culito quedaba totalmente expuesto y, como un buen torero, se preparaba para dar la estocada.
—Pélate la verga, papi, pélate la verga… chíngate mi culito…
suplicaba mientras se tomaba su tiempo y metía y sacaba despacio, cada vez aumentando un poco la velocidad, hasta que era evidente que estaba a punto de terminar.
—A esto vine, papi, a esto vine… a que me dieras verga… a que te saques los mecos… échamelos en el culo, vente en mi culo, papi…
—Me vengo, me vengo…
Se clavó bien profundo, abriendo mucho más mi cavidad, al grado que sentía estar al máximo. Pude sentir sus pulsaciones y cómo derramaba su néctar en mi flor abierta. Lo tenía estremeciéndose, palpitando, llenándome cada rincón mientras temblaba vulnerable.
Se quedó abrazado entre mis piernas y mis manos acariciaban su trasero peludo y sudado, mientras le susurraba al oído:
sí, esto es lo que buscaba.